El aficionado al jazz un poco imaginativo (hay esperanzas de que la mayoría lo sea) tiene la cualidad de ponerse en lugar de otros (aunque no con intención altruista, no se usa) ¿Quién, cerrando los ojos no ha imaginado que ése, precisamente el que toca el piano, no es él mismo? Y, de ahí en más, quién no ha creído que con esos sonidos, con esa creatividad (que comparte en tanto oyente sensible), consigue otras cosas, una gloria efímera, la concreción de un deseo.
 
Escribe: Carlos Sampayo

“He estado en el Massey Hall en día del concierto de Parker, Gillespie, Mingus, Roach y Powell; no importa haber nacido después, en algún modo estuve allí”. Ciertas ideas parten de la vocación del fantasma que todos los ávidos jazz fans somos con sólo evitar que nos molesten con tonterías.

En este orden de la imaginación y los sentimientos, alguien con vocación de micrófono habrá imaginado que fue Rudy Van Gelder, nada menos: uno de los principales testigos de la gestación del jazz moderno y más. Fuera de esta ilusión, nos preguntamos si ese hombre era consciente de que asistía, con sus incomparables registros, a momentos sublimes. ¿Sabía, mientras grababa, que ese disco de Thelonious Monk o de Miles Davis terminaría por transformarse en una obra de referencia?

Los contemporáneos tienen poca conciencia de lo que están tocando con los dedos, salvo que se trate de auténticos rupturistas, egomaníacos al corriente de su genio (digamos: Tolstoi, Charlie Parker, Orson Welles, Picasso, Truman Capote, Francis Bacon). Rudy Van Gelder es, era en ese momento, el “hombre de los micrófonos” el manejador de aparatos, el guardián del arcón de las sorpresas, nada menos.

Medio siglo después, con el poder que dan los aparatos milagrosos, la minimalización de las soluciones (¡qué frase!), los 24 bits y sucesivas remasterizaciones, Van Gelder volvió a manipular su música, haciéndola suya una vez más, muertos todos sus protagonistas: Bud Powell, Clifford Brown, Art Blakey, Miles Davis, J.J. Johnson, Milt Jackson y Thelonious Monk.

Quizá el recurso de Van Gelder fuera colocar sus “aparatos” como si se trataran de una persona; de estos resulta una sensación de presencia muy realista, producto no de recursos técnicos forzados sino de la modestia y el equilibrio. En 2001 el traslado de cinta analógica a los 24 bits digitales parece querer mantener ese espacio de participación íntima.

Sí, ensoñarse el Rudy Van Gelder de finales de los 40 y primera mitad de los 50 puede ser una opción como cualquier otra para tener recuerdos imposibles, de esos que dan lugar, cuando hay fondo, a la buena disposición hacia los asuntos de la vida.

 

 
*Carlos Sampayo es periodista y escritor. Por años estuvo radicado en Barcelona, donde creó famosos personajes de historietas junto al dibujante José Muñoz, dirigió colecciones de jazz, escribió novelas y asesoró a discográficas. Uno de sus más recientes libros,  “Memorias de un ladrón de discos”, fue reeditado recientemente por Gauderio en Buenos Aires.